lunes, 28 de julio de 2008

Simulcop objeto de culto. El gran simulador.


Usando un papel de calcar (o papel manteca), y con un poco de paciencia, se podía delinear con un lápiz sobre un dibujo complicado, o un mapa imposible. Después sólo era cuestión de volver a rayar el reverso y de repasar nuevamente la línea y transferirlo a la hoja del cuaderno. Una vez coloreado, con este simple método el dibujo calcado siempre tenía muchas posibilidades de obtener un “Muy Bien 10” o un “Excelente” . El Simulcop tenía algo de mágico y también de tramposo. El Simulcop se presentaba (y no sin razón) como “el dibujo que dibuja”. Más allá del rescate estético o sentimental del Simulcop, su uso es un ejemplo de la estandarización de la educación, síntoma previo a su casi desaparación.
Si la tarea encargada por la maestra consistía en dibujar un pulpo, el Simulcop ofrecía “el pulpo”. No había otro. A cambio, evitaba que en un exceso de entusiasmo se le dibujaran nueve brazos en vez de ocho.
Claro que la venganza de los no simulcopeanos llegaba cuando la maestra anunciaba, para toda la clase, una consigna desconcertante, para la que ya no había copia que valiera: “Y ahora, para terminar la clase... ¡un dibujo libre!”
Por Santiago Rial Ungaro, Radar 22/01/2006

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